Maniatada. Siento la quietud de la luz de verano. El olor a muerte ha cobrado sentido mientras caen las hojas escarlata. Aun resuena el hálito de esperanza... no voy a caer.
La Maga parecería hablar con una voz cansada y ronca, tal vez a Horacio le gustaría, tal vez si Horacio estuviera podría escucharla con un nudo en la garganta. Pero a Horacio las ideas no lo dejan en paz y ha escogido quedarse sin espacio al lado de una cerveza que se calienta, se espesa; el hastío...
Esta molestia se torna plomiza y ha quebrado el cristal del viento. La Maga se ha escapado hacia la costumbre de los días ingratos de abril.
De nada han servido las noches, ni la lluvia, ni las tres nevadas impregnadas de café. Horacio se levanta de aquella silla que huele a viejo. Se coloca la chaqueta, se acomoda el morral y busca alguna otra excusa color pastel
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Creo que ya pasaba la media noche, casi todos se habían retirado de la mesa, no se si por la hora o por el exceso de alcohol. Mientras Horacio te abrazaba esperabas que los minutos se alarguen y el olor de su cabello se quedara impregnado en tus manos que recorrieron el mismo camino sutilmente, sin demostrar nada aunque temblando tímidamente.
Me seduces con delicadeza, paseas por mis caderas para satisfacer tu capricho y la somnolencia en la que solemos encontrarnos e inventarnos a nuestro antojo.
Sabes a frutas, a caramelo y humedad; Intuyes el estremecimiento de mi cuerpo y también las lunas llenas y el frío, un color sin color, una canción, el espacio de mis labios, el invierno...
Horacio me observa a lo lejos.
Concédeme tan sólo dos segundos para deshacerme del ambiguo presente...
Horacio grita mi nombre.
Y muchos finales más...
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miércoles, julio 05, 2006
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lunes, julio 03, 2006
Se ha escapado la primavera. Deberías saberlo Horacio. Frías mis manos dejaron de regalar mariposas al viento, la nieve ha cubierto tus ojos azabache, los mismos ojos malignos y ensombrecidos que vuelan, estallan, desaparecen, retornan y se deslizan por mi cuerpo.
A veces pienso que estás ahí transparente e inasequible y es la única manera en la que deseo mirarte a pesar de tus recurrentes intentos por desarmarme en pequeñas piezas para luego reconstruirme, sonreír y escapar detrás de cualquier estrella.
No Horacio, las manecillas del reloj han girado infinitas veces, los diarios se han llenado de palabras inútiles en hojas amarillentas, y tal vez, sólo tal vez cuando despierte te abrás ido...
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martes, junio 13, 2006
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miércoles, mayo 24, 2006
Te dejé ir mucho tiempo atrás, esa misma tarde en la que removías la cucharilla en la taza de café y las palabras se escaparon para resguardarse en otro tiempo.
Es posible enamorarse un fin de semana, creer que por un momento aquella inmensidad pertenecía a la realidad, que el agua en el que viajábamos calamaría el vacío inmenso de las habitaciones impregnadas de tu aliento. Nos despedimos concientes de que era hora de regresar a lo habitual y que podíamos reconocernos sin conocernos demasiado, disimulando entre miradas inevitables que defintivamente nuestra historia jamás había existido.
Y ahora, cuando crees encontrarme nuevamente y continuar algo que jamás había empezado, me desafías sin más, invades el aire con palabras insuficientes y recreas una burda situación, una película donde desearías incluírme y de la que yo escapé muchos meses atrás.
No pensé que regresarías, menos que dirías que me amas en una noche de inconciencia absoluta y sin retorno.
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Ayer te vi.
Esperé a que todo desapareciera.
Lo único que desapareció fui yo por que no puedo abrazarte.
Quisiera abrazarte mientras tomamos un helado de frutilla.
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Esperé a que todo desapareciera.
Lo único que desapareció fui yo por que no puedo abrazarte.
Quisiera abrazarte mientras tomamos un helado de frutilla.
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